Dos agujeros en mi cuello
Sucumbiendo en las redes invisibles del destino, la noche que creí se terminaba luego de un par de tragos en el antiguo bar al que solía acudir cada viernes como parte de mi atormentada rutina y en la que me dirigía rumbo al piso en el que hasta ese día habitaba, decidí esa noche cambiar mi ruta y recorrer en medio de la penumbra por el desolado parque de las vírgenes, lugar adornado con estatuas de cada una de las niñas que murieron en ese trágico evento de octubre que partió la historia en dos de la hasta entonces prospera, tranquila y feliz Villa de los Santos, lugar en el que mas que un homenaje a cada una de las pequeñas se inmortalizó el recuerdo de la desdicha que atormenta a los habitantes de la Villa.
En esa noche en medio de los rostros congelados en el frío del yeso que luego de dos años muestra cada vez más pálida la expresión de cada niña, en especial la de Rose, el motivo de mi desvío a este paraje y de mi descuido, pues mientras observaba su recuerdo me dejé llevar por la nostalgia mientras pareciera que esta cobrara vida y se abalanzara sobre mi igual que como lo hacía cada noche después que yo regresaba del trabajo a casa. Mientras mi niña se abalanzaba sobre mi en mi recuerdo, de la nada una veloz aparición me sorprendió por la espalda, inmovilizándome y sometiéndome a un mundo al que no a había pedido invitación, sin embargo hoy hago parte de el y he aprendido a sobrevivir y hacerme fuerte en la eternidad de la noche a la que fui confinado.
Lo soledad continua siendo mi única compañía y junto a ella recorro en un mundo de sangre y muerte, recibiendo de frente los golpes que fortalecen mi espíritu que sobrevive con el recuerdo de mi pequeña Rose.
